Foto de Sebastián Navarrete
Mi forma de ser no tiende a ver el desorden ni el caos en la cosas. Suelo darme un margen de tiempo antes de tomar una decisión. Seguro que algo se puede aprender. Entrenando para resistir un maratón he aprendido a llamar a algún tipo de pensamiento o imagen que me motive para continuar. Puede ser la familia, puede ser un estilo de correr, acordarme de ese entrenamiento en el que parece que las cuestas no tenían pendiente. Normalmente suelo funcionar así. No me desanimo con facilidad. Hay excepciones. A partir del tercer kilómetro de la carrera de Leganés comenzó a fluir un torrente de pensamientos horripilantes. La sensación la conozco y suelo contraatacar. Sin embargo el Domingo pasado no me esperaba este desasosiego originado por el calor. Llegado un momento me empezó a molestar todo, del calor seguí por la rodilla, después volvía al calor, sudor por los brazos, alguien que resopla, alguien que adelanta…. Procuré contrarrestarlo, era consciente que de seguir de así tendría que parar. Era como escuchar un ruido atronador que te dice que tienes que parar. De alguna forma me iba observando y decidí no hacer caso de lo que el cerebro me iba diciendo, de lo que yo mismo me iba diciendo. Funcionaba mal, aquello era una agonía. El auxilio vino en mi ayuda al darme cuenta que no iba solo, que podía seguir el paso del colega Klass, que el hecho de seguirlo hacía que el camino fuera llevadero. A veces, quizás demasiadas, he pensado que esto de las carreras es una actividad solitaria. Frecuentemente me equivoco. Este también es un rasgo de mi carácter.
